Septiembre 26, 2020
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Dios Recompensa La Fe Del Pecador

 
 

Esaú Crespo
Introducción:

El pasaje de nuestra meditación está ubicado en un momento crítico en la historia del pueblo de Israel: los caldeos han rodeado la ciudad de Jerusalén y sólo es cuestión de días para que toda la ciudad sucumba ante la amenaza babilónica. El profeta Jeremías había comunicado a la nación judía que esta invasión caldea era el castigo de Dios por causa de la idolatría y su secuela de pecados en que había caído el pueblo de Israel. El profeta les comunicó, además, que era inútil resistir a los caldeos porque si esto venía de Dios nadie iba a evitar la derrota de la nación. El mensaje del profeta Jeremías era de desánimo y por lo tanto el siervo de Dios fue visto por los líderes de la nación como un traidor, como un vende-patria. La Palabra de Dios tiene su cumplimiento fiel y tal como Jeremías lo había profetizado, la nación sucumbió en el año 586 antes de Cristo.

El siervo de Dios, Jeremías, tuvo que pagar un precio: fue lanzado a una cisterna honda y llena de lodo podrido donde estaba condenado a la muerte, pues esa era la intención de sus enemigos.

En esta situación crítica tanto para el pueblo de Israel como para el profeta Jeremías condenado a la muerte, surge una persona que tendrá un papel relevante en la vida del profeta como también en la vida personal de este hombre que salvó al siervo de Dios. La Biblia dice que este hombre se llamaba Ebed-Melek y era originario del país de Etiopía al sur de Egipto. Había venido de muy lejos pues la distancia entre Israel y Etiopía es de aproximadamente 3,000 kms.

Este etíope es una ilustración muy preciosa para que aprendamos que la fe en Dios nos lleva a ayudar a nuestro prójimo necesitado y que todo servicio que prestemos a Dios no quedará si n recompensa. ¿Qué dice la Biblia, pues, acerca de este hombre creyente?

I. Su Condición Social

  • Era un emigrante de Etiopía que posiblemente había llegado en calidad de esclavo.

    En aquellos días cuando existía el régimen de esclavitud no era extraño que en las cortes orientales existieran personas en esa condición. Por su misma situación de esclavo vivía en el anonimato y nada sabríamos de él si no fuera por la decisión que tomó de salvar la vida del profeta Jeremías por su fe personal en el Dios de Israel. La situación económica de este hombre era tan deplorable que cuando decidió sacar al profeta Jeremías del lodo cenagoso y teniendo la necesidad de buscar telas para hacer unas soga lo suficientemente fuerte como para sacar al profeta, se vio en la necesidad de tomar de las telas más viejas que pudo encontrar (38:11).

  • Era un hombre sin porvenir familiar pues era eunuco.

    La palabra "eunuco" literalmente significa "castrado", pero algunas veces ese mismo término tiene la connotación de "oficial"; sin embargo, algunos eruditos bíblicos afirman que el término "oficial" es sólo un eufemismo que tiene la intención de suavizar un término que suena repugnante en los oídos de un occidental.

    En aquellos tiempos había la bárbara costumbre de castrar hombres para que cuidaran las mujeres de los reyes y evitar así que dichos servidores fueran a cohabitar con las mujeres de los soberanos.

II. Su condición religiosa (Deuteronomio 23:1)

Para la nación israelita la práctica de la castración era abominable por muchas razones, pero fundamentalmente por razones teológicas, pues para los israelitas la descendencia familiar tenía especial relevancia pues en cada niño hebreo que nacía ellos abrigaban la esperanza de que el Mesías había llegado. Por la razón que ya se expuso, los hebreos miraban a los eunucos como una aberración o blasfemia contra la esperanza de la redención.

La práctica de la castración no sólo era contraria a la esperanza mesiánica de la nación hebrea, sino que también dicha práctica era común en las religiones paganas donde hombres se castraban de su propia voluntad como un voto a las "vírgenes" o sea los ídolos de forma femenina que se adoraban en aquellos contornos.

Por su condición de eunuco, Ebed-Melek nunca tendría la oportunidad de entrar hasta el santuario donde podían llegar los israelitas comunes y corrientes. No cuesta imaginar la ignominia que arrastraba este pobre eunuco en medio de una sociedad educada con la Palabra de Dios que estaba en contra de toda práctica que atentaba contra la santidad del matrimonio que se concibe como la unión legal de un hombre y una mujer con el propósito de procrear una familia. En la mentalidad hebrea un eunuco nunca estaría en la presencia de Dios.

Pero los hebreos no tomaron en cuenta la enseñanza bíblica de que el Dios de los cielos Es Dios de misericordia y que su amor se extiende a cualquier pecador para darle la oportunidad de salvación. En el libro de Isaías 56:3-7 Dios dijo que El amaba también a los eunucos y que éstos eran objeto de su salvación. En el tiempo del profeta Jeremías ya se conocían las enseñanzas de Isaías, pues éste había vivido muchos años antes de que sucumbiera la nación israelita.

Dios no hace acepción de personas, pues Él dice en el libro de Santiago como también en otros pasajes de la Biblia que su deseo es salvar a toda la humanidad. (Santiago2:5,6)

III. Su Destino: Una Muerte Cruel.

  • Ebed-Melek tenía enemigos internos que deseaban su muerte.

    Debemos recordar que los príncipes apóstatas habían tramado el plan para asesinar al profeta Jeremías y este etíope les había interferido en la ejecución de su malvado plan. De manera que Ebed-Melek estaba experimentando la tensión que el momento menos pensado podía sucumbir ante la furia de aquellos criminales.

  • Ebed-Melek tenía enemigos externos. Mientras los enemigos de Ebed-Melek infligían temor de muerte dentro de la ciudad, fuera de las murallas de Jerusalén estaban los caldeos invasores con la rabia suficiente para masacrar a todos los habitantes de la ciudad de Jerusalén.

    Una simple de lectura de Jeremías 29:22; 39:6-8 nos hace entender la crueldad de la nación caldea cuyos guerreros empalaban a sus cautivos para asarlos a fuego lento o a veces amarraban la víctima de sus cuatro extremidades a cuatro caballos para que muriera desgarrado de su cuerpo en cuatro pedazos. ¡Así eran de crueles los babilónicos!

    ¡No era para menos el temor de Ebed-Melek! ¡Enemigos por dentro y por fuera!

IV. Su Confianza En El Dios Que Puede Salvar (39:18)

En medio de aquella desesperación en que se encontraba este hombre y habiendo escuchado la Palabra de Dios, toma la sabia decisión de poner su personal en el Dios verdadero de Israel. La Biblia nos enseña que la salvación eterna se recibe sólo por la fe personal en Dios. Dios es el autor de la salvación. Lo único que el hombre debe hacer es creer en lo que la Biblia dice acerca del Señor Jesucristo. El apóstol Pablo nos dice en Efesios cap. 2 "que por gracia somos salvos, por medio de la fe. Y esto no de nosotros pues es don de Dios. No por obras para que nadie se gloríe". Fe es poner la fianza en Dios y vivir en base a esa confianza como el niño que recibe la promesa de su padre.

El niño nunca cuestiona la promesa que le alguno de sus progenitores.

V. Su Recompensa

  • Fue librado de la muerte (39:17)
  • Recibió beneficios económicos (39:10)
  • Recibió la vida eterna Legó una bendición a su raza etíope. Dios sabe bendecir a los que confían en Él. En Éxodo cap. 20 hay una promesa que todos aquellos que aman a Dios y guardan sus mandamientos recibirán recompensa no sólo ellos, sino también sus descendientes hasta mil generaciones! Asimismo, los que odian a Dios reciben maldición hasta la cuarta generación.

    Es muy interesante que cuando la Biblia habla de los etíopes a nivel particular, siempre habla en sentido bueno; Por ejemplo, el Señor Jesucristo comenta la actitud de la reina de Etiopía que vino de partes lejanas para escuchar la sabiduría del rey Salomón. El libro de los Hechos de los Apóstoles en el capítulo 8 nos habla de otro etíope que andaba en la búsqueda del Dios verdadero y que Felipe evangelizó hablándole de la fe personal en el Señor Jesucristo.

    En el caso de la reina de Etiopía que fue a Jerusalén para oír la sabiduría del rey Salomón, se ha tejido la siguiente tradición: la reina durmió con el rey y de esa unión nació un niño cuyos descendientes aceptaron ser de la familia de los judíos y llegaron a llamarse "Beta Israel" y que sus enemigos los apodaron "falashas" "los advenedizos". Pues bien, "los falashas" aceptaron someterse a todos los rituales del judaísmo, sus niños eran circuncidados al octavo día, aprendieron a hablar el idioma Hebreo y su libro sagrado fue la Tora o sea los primeros cinco libros del Antiguo Testamento. Los rabinos judíos comenzaron a tener conciencia de que había un pueblo de Dios disperso en la nació etíope.

    A mediados del siglo XX por causa de sequías y guerras civiles se desató una hambruna que amenazaba matar por hambre a toda una nación. El gobierno israelita tomó la decisión de sacar de aquella nación a sus hermanos de fe y fue así que ...¡Israel salvó a los "falashas" sacándolos de Etiopía y llevándolos a la tierra de Israel! ¡Dios sabe recompensar a los que creen en Él!

Conclusión:

Ebed-Melek salvó al profeta Jeremías y de esa manera demostró su fe personal en el Dios de Israel. Dios, que es justo y misericordioso, llenó de bendiciones a aquel creyente que es un ejemplo para que nosotros en este tiempo también pongamos nuestra confianza en el único Dios que puede salvar eternamente a todo pecador que se arrepiente de sus pecados y pone su fe en el Señor Jesucristo.

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Pasaje

Jeremías 38:1-13

1 Oyeron Sefatías hijo de Matán, Gedalías hijo de Pasur, Jucal hijo de Selemías, y Pasur hijo de Malquías, las palabras que Jeremías hablaba a todo el pueblo, diciendo: 2 Así ha dicho Jehová: El que se quedare en esta ciudad morirá a espada, o de hambre, o de pestilencia; mas el que se pasare a los caldeos vivirá, pues su vida le será por botín, y vivirá. 3 Así ha dicho Jehová: De cierto será entregada esta ciudad en manos del ejército del rey de Babilonia, y la tomará. 4 Y dijeron los príncipes al rey: Muera ahora este hombre; porque de esta manera hace desmayar las manos de los hombres de guerra que han quedado en esta ciudad, y las manos de todo el pueblo, hablándoles tales palabras; porque este hombre no busca la paz de este pueblo, sino el mal. 5 Y dijo el rey Sedequías: He aquí que él está en vuestras manos; pues el rey nada puede hacer contra vosotros. 6 Entonces tomaron ellos a Jeremías y lo hicieron echar en la cisterna de Malquías hijo de Hamelec, que estaba en el patio de la cárcel; y metieron a Jeremías con sogas. Y en la cisterna no había agua, sino cieno, y se hundió Jeremías en el cieno. 7 Y oyendo Ebed-melec, hombre etíope, eunuco de la casa real, que habían puesto a Jeremías en la cisterna, y estando sentado el rey a la puerta de Benjamín, 8 Ebed-melec salió de la casa del rey y habló al rey, diciendo: 9 Mi señor el rey, mal hicieron estos varones en todo lo que han hecho con el profeta Jeremías, al cual hicieron echar en la cisterna; porque allí morirá de hambre, pues no hay más pan en la ciudad. 10 Entonces mandó el rey al mismo etíope Ebed-melec, diciendo: Toma en tu poder treinta hombres de aquí, y haz sacar al profeta Jeremías de la cisterna, antes que muera. 11 Y tomó Ebed-melec en su poder a los hombres, y entró a la casa del rey debajo de la tesorería, y tomó de allí trapos viejos y ropas raídas y andrajosas, y los echó a Jeremías con sogas en la cisterna. 12 Y dijo el etíope Ebed-melec a Jeremías: Pon ahora esos trapos viejos y ropas raídas y andrajosas, bajo los sobacos, debajo de las sogas. Y lo hizo así Jeremías. 13 De este modo sacaron a Jeremías con sogas, y lo subieron de la cisterna; y quedó Jeremías en el patio de la cárcel.

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